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martes, 14 de febrero de 2012

SOBREVIVIENDO

Irrumpieron en la casa que él había abandonado hace tan solo unos cuantos minutos. Ya no había nada que llevarse. Solo quedaban los recuerdos de que alguien había estado por allí. Ropa tirada, algunos libros caratulados como subversivos, alimentos a medio comer, entre otras cosas. Pero lo importante ya no estaba. 
El objetivo de estos siniestros señores, que vestían con camperas de cuero gris, no estaba en la casa. Ni tampoco en la del vecino.
 Las ordenes eran allanar esa morada en particular, pero en estas épocas, la brecha entre orden y libre albedrío se entrecruzaban constantemente. -Ese televisor es mío es gritó el hombre que estaba apostado en la puerta de entrada. Nadie se atrevió a retrucar, el oso era un tipo de temer, grandote y con cara de malo, el típico perro que ladra y muerde. Ya no habían más cosas que sustraer, salieron de la casa, y se dirigieron a lo del vecino, que nada tenía que ver. Por las dudas de cían ellos. 
Consistía nada más ni nada menos que dejarle un mensaje. Entraron a la fuerza en el terreno lindante, y luego de golpear un rato al hombre de la casa, le trasmitieron de forma clara el mensaje: -Si ves a tu vecino, decile que estos buenos muchachos lo buscan. Hizo una pausa breve, luego comentó: -no creo que seas mal tipo, pero viviste al lado de una mierda subversiva que mata pibes en los colegios, no se enoje con nosotros, pero esto es una guerra, y como tal, vamos a hacer todo por enterrarlos. Dicho esto, le propino nuevamente una patada en la cara, (cabe destacar que tenían al hombre en el suelo a punta de pistola) y se retiraron.
Habrán tardado entre veinte y treinta minutos entre las dos casas. Se fueron hacia la esquina, donde los esperaba el Falcon con el motor encendido. Ya sabían que hacer. A de más de la casa en la que habían entrado, tenían un par de sospechosos más que "visitar". sin embargo, el oso se quedó dubitativo, y cuando habló, sorprendió a todos, (era del tipo practico y no solía pensar mucho): -La comida estaba tibia, este hijo de puta todavía puede estar dando vueltas por ahí.   

                           
                                                                    ***


Corrió por las calles.No miraba hacia ningún lado, solo hacia adelante. El miedo que tenía no lo dejaba pensar. 
Se detuvo en el parque de su infancia. Necesitaba tranquilizarse unos segundos. Era primordial pensar el próximo paso. ¿A donde mierda voy?, esa pregunta se le aparecía en la cabeza una y otra vez. Alguien había caído, y él era el próximo. Su superior lo había llamado. Era corto el mensaje: -Rajá que sos boleta. Agarró lo que creyó importante, la plata que le quedaba, algo de ropa que metió en el maletín de trabajo, y salió de sus casa. Le hubiera gustado poder agradecer a su vecino por su bondad en cuidar a su perro cuando el no estaba presente. pero eso ya no era importante.
 Ahora estaba mirando como el viento removía las hojas un árbol. No sabía por qué, pero eso lo tranquilizaba. Cuando por fin pudo tomar compostura, se dirigió a la parada de micros de la otra punta del parque. No sabía que micro iba a tomar, pero tenía pensado un plan de distracción. En estos tiempos el que no se cuidaba el culo ya no contaba el cuento. 
Se subió en el bondi justo cuando por la otra calle aparecía un Falcon verde con cuatro hombres a bordo vigilando cada rincón del parque. Se percató de esto, y el corazón le empezó a latir de una forma tal que parecía querer salir de su tórax. por suerte los hombres del auto no lo habían visto.
El muchacho, que se había sentado en la última fila del autobús para poder tener una visión general del lugar, no supo cuanto estuvo viajando. Cuando bajó, no sabía en donde estaba. Caminó unas cuadras y volvió  a tomarse un colectivo. Esta vez estaba más tranquilo. no había moros en la costa, así que actuó como una persona normal. Luego de este colectivo, tomó otro y otro más. Solo cuando estuvo seguro de que ya no había forma de que lo estuvieran siguiendo, se fue hacia una esquina y paró un taxi. Mientras viajaba, las imágenes de esta siniestra aventura pasaban como fotos por su mente. Ya está todo perdido, pensó. 
Las fuerzas empezaban a abandonarlo, no era cagón, era realista. Iba a hablar con sus compañeros. Se iba a guardar. Ya no había nada por hacer, los habían hecho bolsa, y la pelea nunca había sido leal. No creía que lo entendiesen, pero no comía vidrio y no quería ser carne de cañón. 
Era hora de admitir la triste derrota. 

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