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viernes, 10 de febrero de 2012

El cigarro

Sutilmente Introdujiste tu mano en el bolsillo. La lentitud con lo que lo hiciste me hizo pensar que disfrutabas del momento. Es más, creo que tu cara irradiaba una gran felicidad. ¿Qué designio del destino lleva a hacerte feliz poner una mano en el bolsillo?, me pregunté. No lo podía creer. Si mirabas con atención a su remera, blanca como la seda, te dabas cuenta que una gran parte de la salsa de lo fideos que habíamos estado comiendo hace tan solo unos minutos atrás, había terminado en aquella ropa. Pero igualmente, tu sonrisa estaba en tu cara, no importaba ninguna mancha, solo aquella extraña conexión entre tu mano y el bolsillo.
Fue en ese momento que percibí, viendo tu mano salir, que sacabas unos objetos. Trate identificarlos, pero tu mano, de manera perversa, casi sabiendo que quería saber que eran, los tapabas de manera absoluta. Unos segundos después, que para mi fueron eternos, me diste la espalda como para que no pudiera observarte. 
Estaba comenzando a indignarme. Me molestaba no poder saber que era lo que había en su mano. Mientras mi enojo iba en aumento, comienzo a escuchar un sonido extrañamente conocido. Obligué a mi mente a tratar de recordar aquel sonido, estaba seguro que ya lo había escuchado alguna vez. 
Pese a los intentos que me di, no logre saberlo, hasta que vi con mis propios ojos lo que mi mente había distorsionado. El humo se dispersaba por el aire, mezclándose con el viento dándole formas extrañas, como si cuchillos estuvieran cercenando el aire. 
Lentamente volviste a darme la cara, y fue ahí que vi tu cigarrillo, y que con voz aguda me dijiste: -El pucho después de comer no puede faltar-, mientras guardabas el atado nuevamente en tu bolsillo. 

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