Hube de sentarme un día en la mesa de
la cocina, y con un papel frente a mis ojos, dejé escapar mi imaginación. Me desbordaba
la alegría, al darme cuenta, que miles de imágenes a la mente me venían,
y cual si fuera un costurero, hilé toda secuencia posible, que me llevara de
una historia inexistente aun mero cuento existencial. Fue ahí cuando con el dulce canto, del lápiz
al rozar el papel, despabilé mi mente, y empecé a escribir.
-En un lugar desconocido, en un tiempo
muy remoto, y en un planeta imaginario, comencé escribir. Luego de la
presentación espacial, debía de inventar a los personajes. Estos tendrían que ser imponentes, ya que cumplirían grandes
acciones, a medida en que transcurriera la historia. Con tan solo un esfuerzo,
los nombres y características de dichos personajes, aparecieron en mi mente, y
cual si fuera una copa de vino derramándose en la mesa, los volqué sobre el
papel. Ya tenía todo en su lugar, solo quedaba llevar a cabo una gran historia.
Algo que poco a poco, se fue originando en las inmensidades de la inspiración.
Pasaron horas, incluso días, cuando la
propia historia me introdujo en una gran
disyunción. Me encontraba en la parte en
el que el nudo se vuelve desenlace, y tenía que responderme dos grandes preguntas. ¿Qué personaje sería el
héroe?, y ¿cuál sería el que debería morir?, para darle a la historia, ese tono
de dramatismo.
Pensé y repensé, dichas preguntas, pero
no lograba encontrar las respuestas. Creí que me había quedado falto de ideas,
ya que pasaban los minutos, y mi mente aún seguía en blanco. Pero, de una forma
maravillosa, como si fuera una luz divina que ilumina a un ángel al bajar hacia
los paraísos terrenales, llegué a las
tan ansiadas respuestas.
Me encontraba a punto de escribir el
mágico final, cuando un repiquetear continuo e incesante me atrajo hacia la
realidad. Era el teléfono. Lo atendí. La charla duro unos cuantos minutos, y
cuando al fin pude colgar, me dirigí nuevamente hacia el papel. Fue ahí donde
pude darme cuenta, que el glorioso final, se había borrado de mi mente. Luego
de minutos de rabia, intenté reponer la historia con otros finales, pero
ninguno era tan magnifico como el que antes había imaginado, por lo que tuve
que quedarme con el gusto triste y amargo, de un cuento sin final.
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