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jueves, 9 de febrero de 2012

El cuento que no es cuento


         Hube de sentarme un día en la mesa de la cocina, y con un papel frente a mis ojos,  dejé escapar mi imaginación.  Me desbordaba  la alegría, al darme cuenta, que miles de imágenes a la mente me venían, y cual si fuera un costurero, hilé toda secuencia posible, que me llevara de una historia inexistente aun mero cuento existencial.  Fue ahí cuando con el dulce canto, del lápiz al rozar el papel, despabilé mi mente, y empecé a escribir.
         -En un lugar desconocido, en un tiempo muy remoto, y en un planeta imaginario, comencé escribir. Luego de la presentación espacial, debía de inventar a los personajes. Estos tendrían que  ser imponentes, ya que cumplirían grandes acciones, a medida en que transcurriera la historia. Con tan solo un esfuerzo, los nombres y características de dichos personajes, aparecieron en mi mente, y cual si fuera una copa de vino derramándose en la mesa, los volqué sobre el papel. Ya tenía todo en su lugar, solo quedaba llevar a cabo una gran historia. Algo que poco a poco, se fue originando en las inmensidades de la inspiración.
         Pasaron horas, incluso días, cuando la propia historia  me introdujo en una gran disyunción.  Me encontraba en la parte en el que el nudo se vuelve desenlace, y tenía que responderme dos  grandes preguntas. ¿Qué personaje sería el héroe?, y ¿cuál sería el que debería morir?, para darle a la historia, ese tono de dramatismo.
         Pensé y repensé, dichas preguntas, pero no lograba encontrar las respuestas. Creí que me había quedado falto de ideas, ya que pasaban los minutos, y mi mente aún seguía en blanco. Pero, de una forma maravillosa, como si fuera una luz divina que ilumina a un ángel al bajar hacia los paraísos terrenales, llegué a  las tan ansiadas respuestas.
         Me encontraba a punto de escribir el mágico final, cuando un repiquetear continuo e incesante me atrajo hacia la realidad. Era el teléfono. Lo atendí. La charla duro unos cuantos minutos, y cuando al fin pude colgar, me dirigí nuevamente hacia el papel. Fue ahí donde pude darme cuenta, que el glorioso final, se había borrado de mi mente. Luego de minutos de rabia, intenté reponer la historia con otros finales, pero ninguno era tan magnifico como el que antes había imaginado, por lo que tuve que quedarme con el gusto triste y amargo, de un cuento sin final.

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