Un disfraz para colorear. Un disfraz para reír, otro para llorar, otro para cantar y así muchos disfraces que se amontonan sobre los estantes. Miro a cada uno de ellos, o al menos trato de hacerlo. Uno arriba del otro. Montañas de disfraces en esa pequeña habitación.
Solo algo sobresaltaba en aquel lugar y era una pequeña tabla en la punta de la pieza. Me acerco lentamente, tratando de esquivar las ropas amontonadas. Luego de unos minutos alcanzo mi objetivo y observo la tabla. Era un espejo anticuado, de una madera opaca cubierta por una perceptible capa de polvillo. Miro con detención el espejo hasta descubrir que lo que veía reflejado era en realidad lo único que no podía percibir a simple vista.
Estaba desnudo, frente al espejo, sin poder quitarme nada más. Ya no había disfraces, no había risas, ni tristezas. No había nada, solo yo y mis disfraces.
No hay comentarios:
Publicar un comentario