Estupefacto miré como tus ojos sangraban. Era algo que no podía entender. Traté de socorrerte, pero tus manos me apartaron. Había algo en esa situación que te gustaba. ¿No te duele?, me pregunté, ya que no me animaba a decir palabra alguna y me quedé parado adelante tuyo, mirándote, casi sin comprender.El silencio que había en aquella habitación, fue roto por tu perversa risa. Ya no eran solo tus ojos. Ahora tus orejas, tu boca e incluso tu nariz, desprendían sangre. Quise agarrar el teléfono, pero eso también me lo impediste. Traté de salir corriendo a buscar ayuda, pero tu mirada penetrante me detuvo, cual si se tratara de una fuerza extraña a mi voluntad.
Pasaron unos largos minutos, y en el suelo ya había una gran charco de color rojo. Estabas muriendo, y yo no podía moverme. Solo te miraba, y tu me respondías con tus ojos. -No hay nada que puedas hacer, es lo que tu deseabas, y lo que yo tanto quería-.
Las fuerzas fueron abandonándolo del cuerpo, hasta terminar cayendo de bruces al suelo. En la habitación se escucho un fuerte sonido. El espejo se había roto, y el sujeto yacía solo en la habitación.
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