No recuerdo el momento exacto en el que sucedió. Solo se, que de un momento a otro todo pareció irse por la borda.
Los vasos, los platos, absolutamente toda la vajilla se estrellaban contra el piso y las paredes. Querías golpearme, pero gracias a tu mala puntería, podía esquivar cada uno de los objetos arrojados. Tu locura era absoluta. Ya no podías mantener la cordura, y yo solo atinaba a pedirte que frenaras tus actos, sin tener éxito.
Tu odio se reflejaba en cada una de tus facciones. Tus insultos e improperios no dejaban lugar a una replica, solo querías veme sufrir, llorar, y por sobre todas las cosas,querías verme muerto.
Ya no podía contenerme. La situación ya me había superado completamente, y era claro que ya nada podía hacer para solucionar este conflicto.
Cuando al fin se quedó sin objetos para tirarme, agarré algunas de mis cosas, me coloqué adelante de ella y resistí algunos de sus golpes. Luego, mirándola fijo y sin poder contener las lagrimas me despedí de ella. -Se feliz y hace tu vida-, esas fueron las últimas palabras que le dije. No había nada por hacer.
Mi distancia por las nuevas cosas que hacía, y sus celos por el tiempo que ya no compartíamos, habían hecho de nuestra relación un campo de minas. Siempre había una razón para discutir, y eso ya me había cansado por completo. No había nada más por hacer, salvo saber irse, y esperar al que el tiempo hiciera olvidar a un gran amor.

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